Las chicas.

Una mujer de verdad lleva tacones, pendientes y pintalabios. Una mujer real se pone vestidos sin medias en verano y minifaldas con ellas en invierno. Una mujer social no dice palabrotas, ni discute, sonríe y alaga. Una señorita cruza las piernas al sentarse, no defeca y come verde. Una mujer de verdad la chupa, se agacha y complace.

Como me dijo aquel día un profesor de la universidad ”Natalia, más señorita”.

Estás más alto porque no me he levantado.

Llevas un tiempo compitiendo pero apenas participas, cada noche la conciencia se cuela en tu cabeza y te dice que todo irá mal, que nunca has pilotado pero no está de más empezar. Llevas unos meses pensado cómo cambiar pero has llegado al punto en el que sabes que no lo vas hacer realidad. Llevas un rato pensado qué va a pasar, incluso hace un par de días lo volviste a recordar. Llevas dos años inquieta y un segundo de cada día repasando los errores cometidos. Y ahora te encuentras en un sofá sin estar seguro de si realmente quieres cambiar, de si la conciencia te pesa ya, o si de repente deberías volver atrás y descansar. ¿Cómo, cuando, dónde y por qué? quién, ya lo sabemos, tú.

Cuando las personas cometemos errores nos creemos con el derecho de ser perdonados, y no sólo eso, si no que también hacemos sentir al resto que es su deber. ¿A quién perdonar? No hay ningún tipo de valores que te indique la respuesta.

Mi madre siempre me decía que de pequeña no me gustaban los conflictos, que andaba separando a todos los que se peleaban en el recreo y que en muchas ocasiones me castigaban por confusión. Por otro lado, mi padre me llamaba ”la justiciera” porque siempre salía en defensa de las causas perdidas.

Cuando te haces mayor intentas seguir con la misma moral, aunque a veces también te castiguen por confusión. Ahora estoy capacitada para odiar y querer hacer pagar severamente a las personas que hacen daño o me lo hacen. No comprendo el perdón con algunos de los pecadores, por mucho que estemos en Semana Santa, por ahí no paso. No me creo el ”no es mala persona…” hay personas malas y mucho. En algunos casos los arrepentidos llegan a ese punto por causa de la soledad, del sentirse fuera de un grupo, incluso de ver como su vida, si no hubiera cometido aquella estupidez, era mejor.

Yo soy de las que opino ”habértelo pensado antes” y por eso dejo que cumplan su castigo. Creo que eso es odio, el no querer perdonar y el ser incapaz de hacerlo, algo que nunca había sentido.

Llevo un tiempo viendo como mi odio crece cada vez que una persona es ruidosa, gritona o se mueve demasiado. Estoy más calmada y necesito en mi entorno esa tranquilidad, un poco de soledad y más silencio que nunca. Adoro ponerme una película y estar rato sin hablar. Hace un año no perdía la oportunidad de decir cualquier cosa con tal de sentirme un ser social, sin embargo desde hace unos meses me encuentro mejor cuando me hablan bajo o sin apenas comunicarme con nadie. Días del tipo lectura, ducha, serie y a dormir son cada vez más valorados. Cuando tenía unos 14 años me encantaba estar rodeada de gente, y cuantos más mejor, no sé si es por la edad o por una temporada, pero hoy y muchos días rozan la perfección, por la serenidad, digamos.

No tener

nada que decir

se merece unos aplausos in crescendo.

Hoy volvía a casa en el autobús urbano y un señor mayor, que olía a cerveza, se ha sentado a mi lado. En ese momento me ha venido el recuerdo de mi abuelo, ya que a él le encantaba la cerveza, he pensado en los packs de 24 cervezas que se compraba, en lo pesado que era buscando cada palabra en el diccionario, también me he visto mirándole desde la puerta de su terraza como encuadernaba libros. Después iba a su cocina y me contaba chistes, siempre los mismos. Cuando tenía 15 años todo eso me parecía un tanto aburrido.

Luego mi cabeza ha vuelto al autobús y estaba pasando por su casa, he sentido que ahora, con 23 años, echaba de menos el olor a pegamento, los pesos que ponía encima de los libros, las cervezas que no puedo tomar con él y la sonrisa que me salía con sus chistes. Hoy hubiera enseñado a mi abuelo a manejar un ordenador para que supiera buscar todas las palabras que quisiera en el diccionario de la RAE online. Hoy he pensado mucho en mi abuelo y en lo que se parecía a Clark Gable.

Mi cajera se llama Sonia, tiene una dulce voz y un anillo de casada. Camina torpe y viste hortera, pero es simpática y sonriente. Cuando paso por el supermercado en el que trabaja, las puertas automáticas se abren y siempre la veo, ahí en su caja, la primera y contestando educadamente. La quiero mucho, pero ella no lo sabe, me pongo nerviosa cuando me cobra, obviamente siempre hago una estrategia para que me ella lo haga. Algún día cuando vaya a pagarle le daré una carta de amor, confesándole mi admiración durante este año.

La vida está llena de anónimos.

Esto es Esparta.

Recuerdo esa lucha que tuve con una camiseta. Estaba totalmente arrugada, y yo no estoy acostumbrada a planchar. La lavaba, la tendía perfectamente -para no tener que planchar- luego la doblaba y finalmente, como en todas las ocasiones, cuando la sacaba del armario volvía a estar arrugada. Llegados a este punto, me planteé qué hacer con esa camiseta, si enfrentarme al momento y plancharla hasta incluso quemarla o guardarla y nunca más usarla. No sé cómo se resolverá este conflicto, pero hoy me he levantado pensando: Esto es la guerra, esto es Esparta.

http://www.youtube.com/watch?v=k7pt6Zzc1js

Las pasiones se miden en besos, latidos, orgasmos y espasmos. En ese caso carezco de pasión, efusión y fuerza. Me llaman la atención las espaldas, siempre he pensado que es el mejor sitio para acariciar, es liso, pulido, tranquilo. Puedo pasarme toda una noche mano arriba, mano abajo, pierna en medio, ojo derecho y coleta hecha. Puedo estar más de dos días proporcionando placer sin que ni siquiera me toquen. Soy el extremo de la pasividad sin azotes.

Que bien follas, pero que mal me quieres. Justo lo que necesitaba.